Festín de la estupidez

Festín de la estupidez
El orgullo de ser fumador no existe, no por lo menos entre aquellos que se sienten rehenes de esa tiranía terrible. Pero que próceres de la opinión desencadenen tempestades frívolas por la aplicación de la ley de protección a no fumadores, es un exceso ofensivo por igual para adictos y no adictos al tabaco.
Juan Antonio Hernández
21ENE2009
Esto se parece mucho a la persecución que se hacia de los homosexuales, gitanos y judíos en la Alemania nazi” Nicolás Alvarado miembro del elenco del programa del Canal 22 la Dichosa palabra

La obra que le dio la fama y el Nobel a Alexander Soljenitzyn fue Archipiélago Gulag, difundida ampliamente por los Estados Unidos como instrumento de propaganda contra la Unión Soviética durante la guerra fría. Sin embargo, este ruso hoy olvidado escribió también Pabellón de cancerosos, una novela que merecería ser reeditada en estos días en que la mayoría de los parlamentos del mundo están votando leyes que prohíben fumar en espacios públicos cerrados. 
No recuerdo en absoluto la trama, pero me queda de esa novela una imagen imborrable: la del hombre que fuma a través de un agujero en la tráquea. 

Esa criatura de ficción y el cineasta Luis Buñuel están entre los pocos personajes de la literatura o de la realidad que han expresado con autenticidad y sin aspavientos el orgullo de padecer la tiranía del tabaco. En Mi último suspiro, su libro autobiográfico, Buñuel declara que de renacer alguna vez reclamaría de la vida sólo dos placeres: los martinis perfectamente helados y la compañía de sus amados Gauloises. 
La diferencia con el intelectual mexicano Nicolás Alvarado es que ni el hombre que fuma a través de un agujero en la tráquea en Pabellón de cancerosos ni el director de Los Olvidados defienden al cigarrillo ni ejecutan la apología de su consumo. 
Alvarado en cambio, en un artículo titulado 20 cigarros y una canción desesperada aparecido en el número 365 de Nexos alardea de su valentía ante la muerte por tabaquismo y nos invita a contemplar la frialdad con la que juega a la ruleta del cáncer con una artillada cajetilla de Marlboro. Ese artículo fue el remate de las inmensas tonterías proferidas por Alvarado a propósito de la ley antitabaco que ya aplica en todos los establecimientos públicos de la Ciudad de México. 
A menudo no hay mucho que celebrar en materia de sensatez. Sin embargo, es digna de mencionar la serenidad con la que los potosinos aguardan la aplicación en casa de esa ley. No conozco a ningún fumador, y conozco demasiados, que haya incurrido en las histerias vergonzosas del periodista Carlos Marín, de Nicolás Alvarado y del dirigente partidista Alberto Begné, cuyos excesos retóricos no es honesto pasar por alto. 
Nadie en San Luis, que se sepa, ha desencadenado tempestades tan frívolas y ofensivas como las de esos próceres de la opinión pública por la aplicación de la ley de protección a 
no fumadores. 
Los que realmente temen el encontronazo con la ley no son los fumadores sino los restauranteros, los dueños de antros, de cafés y de otros sitios donde hasta hoy se sigue fumando con entera libertad. Nadie cree que vaya a ser posible construir espacios verdaderamente herméticos entre fumadores y no fumadores. 
“Se trata de otra cortina de humo”, me dice con lenguaje apropiado una amiga que fuma una cajetilla al día. “Distraen a la gente con tonterías para que no se ocupe de lo verdaderamente importante: la corrupción, la impunidad, el fracaso de la democra-
cia mexicana”. 
Pero ni ella ni otros fumadores apasionados con los que he conversado consideran que la prohibición de fumar en lugares cerrados entrañe un ordenamiento diabólico, como lo han presentado Carlos Marín y adláteres. 
Los juicios que se han permitido Marín, analista de Televisa y Nicolás Alvarado, miembro del elenco del programa del Canal 22 la Dichosa palabra, son despreciables. Con ellos puede iniciarse en firme una historia universal de la estupidez. 
Al referirse a la prohibición, Alvarado, que es un intelectual brillante pero copado ya por la mafia de opinadores de este país, declaró: “Esto se parece mucho a la persecución que se hacia de los homosexuales, gitanos y judíos en la Alemania nazi”. 
La comparación es estúpida. Hay cosas y situaciones que no toleran la analogía. Equiparar las reglas de civilidad que van a tener que observar los fumadores con los sufrimientos de las víctimas de una criminalidad dirigida es como abofetear a Dios. 
La memoria de los niños, las mujeres, los ancianos, los hombres inermes que fueron exterminados en esos sombríos mataderos nos obliga moralmente a repudiar la retórica enloquecida del señor Alvarado y de 
sus compinches. 
Y entre ellos, su admirado Carlos Marín (Nicolás Alvarado alude a él como “el entrañable Carlos Marín”), fue mucho más allá de todos los límites de 
la estupidez. 
En su programa de radio, conversando con un diputado de la Asamblea Legislativa del DF que dio su voto a favor de la ley, Marín lo increpaba con ese estilo suyo autoritario, rís-
pido, intransigente: 
“Me das miedo porque yo he sabido de Treblinka, Auschwitz y otros campos de concentración donde (gente como tu) persiguen (sic) a enfermos, a los jodidos”. 
Desde luego Marín no sabe de esos campos de concentración sino lo que ha leído en los libros o visto en el cine, pero su tramposo y exaltado discurso quiere dar la impresión de que fue testigo presencial en esos ámbitos de 
la muerte. 
Menos tremendo, el dirigente del Partido Alternativa Socialdemócrata, Alberto Begné, se sumó al coro de los estúpidos al hacer una analogía entre los diputados que aprobaron la reforma y los Comités de Salud Pública, el instrumento terrorista de la Revolu-
ción Francesa. 
Las desaprensivas declaraciones de Alvarado y su artículo, profusamente surtido de elegantes frases en francés, lo perseguirán, me temo, toda la vida. Es justo que ello suceda, pues su artículo es un compendio de ocurrencias ridículas. Frente a nosotros, el lector, Alvarado conjetura que el cigarrillo número 13 de la cajetilla puede ser el del cáncer y, para demostrarnos que no alardea, se lo fuma. No podía ser de otra manera: si pasase sobre ese cigarrillo cabalístico, todo su alegato, de por sí ya patético, se desplomaría como un castillo 
de cigarrillos. 
Pero su artículo no deja de ser aleccionador. A la información científica que asocia el consumo de tabaco a unas veinticinco clases de tumores diferentes hay que agregar la noción de que el cigarrillo también induce delirios de veras desorbitados como los que Alvarado nos comparte en su texto. Al salir del cine donde acude a ver Vivir mata, nos informa que tras unas caladas a su Marlboro ve a su mujer más bella que Doris Day y, de alguna forma, solicita del lector esa solidaridad imposible: que también veamos a su mujer más bella que la diva de 
ojos espectaculares. 
El orgullo de ser fumador no existe, no por lo menos entre aquellos que nos sabemos rehenes de esa tiranía terrible. ¿Qué orgullo puede extraerse de tener siempre mal aliento, de caminar permanentemente sobre la cuerda floja de las enfermedades asociadas al tabaco o de infligir sufrimiento a quienes 
nos quieren? 
En San Luis, entretanto, los adictos al tabaco, fumando esperan. 
Mi amiga la fumadora, sostiene que la ley no entraña ninguna tragedia. “Si estás en un sitio donde se prohíbe fumar, pues te sales a la calle y sanseacabó”. 
¿Tan difícil era para Marín, para Alvarado y para los otros arribar a esa sencilla conclusión antes de infamar con su analogía a las víctimas del nazismo? 
No hay Treblinka, Auschwitz, Dachau, Belzec, Buchenwald, Sachsenhausen con filtro. El horror puro de esos establecimientos de la muerte no admite filtros de ninguna especie y menos, desde luego, el de la estupidez que se disfraza de ingenio.

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